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viernes, 23 de junio de 2017

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III

Soy otro Moisés. Están en guerra
mis hermanos, Señor; son sus gemidos;
oye su corazón y sus latidos
y los pasos que cruzan por la tierra.

      Vengo a poner la paz a que se aferra
la esperanza a brazos extendidos;
escucha la llamada: están perdidos
por entre la espesura de la sierra.

      Traigo todo el cansancio en esta popa,
traigo todo el dolor en este pecho,
traigo toda la sed en esta copa.

     Y en este cáliz que mi mano eleva
espero el gran milagro que en mi has hecho
para que el mundo de Tu Sangre beba.

Jisanz

jueves, 22 de junio de 2017

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    II

    Mi seno con tus nieves embriagaste.
Tu aliento me injertó el céfiro sano:
que ya late en mis venas el verano,
ven a segar el trigo que sembraste.

   Que nunca mi color haga contraste
entre los surcos del país humano;
para saciar el hambre de este llano
estrújame la espiga hasta que baste.

    Fanal que sea de tu luz, testigo
de tu Verdad aunque jamás me vean:
así en el pan está escondido el trigo.

    He de anunciar lo que en mi ser he visto.
Y gritaré a los hombres que pelean
que la verdad es la Verdad de Cristo.

Jisanz







miércoles, 21 de junio de 2017

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     I   

      Tus manos, patena de carne, sostienen
el cielo litúrgicamente recortado,
amasan Cuerpo de Cristo,
desgajan Sangre de Dios.
Solemne como una torre gótica es tu corona,
 bella
como un campanario tocando siempre a gloria.

       Eres cúpula en la bóveda del mundo,
salterio cantando las maravillas del cielo,
evangelio con el canto de carne,
hombre con sutiles encajes de Dios.

Jisanz

martes, 20 de junio de 2017

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    La Eucaristía es la “buena gracia” en totalidad y en vida. Para el cristiano es la realidad viviente del Hijo de Dios que, conforme a su anuncio de quedar para siempre como alimento, muestra su realidad divina en la sencillez y en el silencio ofreciéndonos la gracia constante de su presencia que nunca en la vida del creyente.

    Un anuncio total: mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida; es la presencia real del Hijo de Dios entre nosotros y que permanece para siempre. Los dos verboñs siguientes desarrollan los efectos del don eucarístico en términos de “habitar” (permanecer) y “vivir”. En primer lugar se nos dice: el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Este habitar o permanecer en Cristo se desarrollará ampliamente en el discurso de la última Cena (Juan  15, 1-17). Se trata, sin duda alguna, de la vida divina comunicada al que comulga. Así se indica a continuación: Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo para el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Estamos ante una realidad que expresa admirablemente la corriente divina de vida que brota del Padre, “que vive” y que ha enviado a Jesucristo. Esta vida del Padre se comunica al Hijo y la corriente divina llega al que comulga.

    El sentido fundamenta de la Palabra esrá en la afirmación repetida de Jesús; Él no ha venido a darnos cosas sino a darse él mismo a la humanidad. Por eso el pan que nos da contiene su propia entrega. Esta misma es la exigencia para sus discípulos, para nosotros: debemos considerarnos como “pan” que hay que repartir, y debemos repartir nuestro pan como si fuésemos Él mismo quien reparte. La gran lección que nos da Jesús es que tenemos que renunciar a poseernos y solo el que no tema perderse encontrará su vida.

    Hacer que toda nuestra propia vida sea “alimento disponible” para los demás, como la de Jesús, repitiendo su gesto con la fuerza de su Espíritu, que es la de su amor, es la ley de la nueva comunidad humana. En ella se experimenta su amor en el amor de los hermanos y se manifiesta el compromiso de entregarse a los demás cómo Él se entregó. Y una consecuencia importante si lo anterior es verdad en nosotros: la nueva sociedad no se producirá por una intervención milagrosa de Dios. El amor de Dios se ha manifestado en Jesús-hombre y ha de seguir manifestándose por medio de los hombres, con su esfuerzo y su dedicaciónda. Jesús expone la condición para crear la sociedad que Dios quiere para el hombre, la única que le permitirá una vida plenamente humana y cumplir el proyecto de Dios sobre la creación: es el amor de todos y cada uno por todos, sin regatear nada. Él nos da la posibilidad de ese amor y de esa vida.

    La Eucaristía es el pan de la vida: Yo soy el pan de vida bajado del cielo, Si uno come de este pan, vivirá para siempre. El pan aparece aquí como bajado del cielo con una alusión al misterio de la Encarnación. La promesa es vivir para siempre. El camino o condición es comer este pan: El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Lo que sostiene al hombre es, en último término, la Palabra del Señor (para nosotros encajaría aquí como “la mesa de la Palabra”). Esa palabra produce el maná y todo lo necesario para sostener la existencia, esa palabra que da vida, sobre todo, como una palabra de alianza (“la nueva y eterna alianza”), como se proclama en la celebración de la Eucaristía, en la mesa del Pan. La vida del cristiano depende no solo del alimento sino más aún de la Palabra de Dios, que pronuncia como mandato.

    La experiencia de la fe tiene una inseparable dimensión: se vive y se celebra. Y expresamos esta fe manifestando que la “comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre, Señor, signio del banquete de tu reino, que hemos gustado en nuestra vida mortal, nos llene del gozo eterno de la divinidad” (Postcomunión).Y es que la Eucaristía es el lugar del encuentro existencila con el Hijo de Dios. Comer la carne y beber la sangre de Cristo es apropiarse de su vida, identificarse con su carne y acoger su propia entrega hasta el extremo.

NUESTRA REALIDAD
    A la luz de la Palabra de Dios nos encontramos con un gran misterio:  Dios nos ayuda a recorrer el camino de nuestra vida. Esto nos lleva a pensar que nunca estamos solos y que la presencia del Señor asegura nuestro camino en toda nuestra vida. Sentirnos así amados es para nosotros la fuente de la seguridad que lleva a nuestras personas por el Camino, la Verdad y la Vida No cabe mayor regalo para nosotros, es una bendición total de Dios que nunca nos deja solos y más cuando llevamos a Cristo en nuestro interior.

    Debemos asumir la responsabilidad que nos afecta al encontrarnos llenos de gracia y de fortaleza. Pero ¿hasta qué punto valoramos esta gran verdad y sopesamos nuestro camino con la certeza de llevar al Hijo de Dios dentro de nosotros? Vivamos con fe lo que nos dice el apóstol Pablo: El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos de un mismo pan. Los cristianos, al compartir la copa y el pan de la eucaristía, o santa cena, entramos en comunión con Cristo y somos constituidos en un solo cuerpo.

EXAMEN y ORACION
    Nunca seremos capaces de agradecer totalmente al Señor el misterio de la Eucaristía ya que en definitiva el Señor siempre está presente en ella y actitus de encontranos, de dialogar con nosotros y ayudarnos a la hora de recorrer nuestro camini en la vida. Vivir y celebrar la Eucaristía es el maravilloso don que se concede y que llevar nuestra alma de presencia de Dios en nuestro corazón.
    Celebrar y adorar la Eucaristía nos sitúa en un ámbito donde Dios es siempre realidad y que se nos ofrece como Vida verdadera. El camino de nuestra historia personal tiene siempre la realidad del misterio de Dios que se convierte en alimento de vida eterna. Necesitamos reconocer la presencia real de Dios en nuestra historia personal una vez que Él se convierte en alimento y en nuestra fortaleza. Tal vez, deberíamos plantearnos si tenemos o no hambre del misterio del Amor que está siempre nuestra presencia y nuestra hambre para llenarnos del Pan de la vida.
    La oración de hoy es: Concédenos. Señor, saciuaros del gozo eterno de tu divinidad, anticipado en la recepción actual del precioso Cuerpo y Sangre. Tú que vives y reians por los siglos de los siglos. (Postcomunión).

 CONTEMPLACIÓN
    ¿Qué palabras habéis oído de boca del Señor que nos invita? ¿Quién nos invita? ¿A quiénes invitó y qué preparó? Fue el Señor que invitó a sus siervos y les preparó como alimento a sí mismo. ¿Quiñen se atreverá a comer a su Señor? Con todo, dice. <Quien me come, vive por mí>. Cuando se come a Cristo, se come la vida. No se le da muerto para comerlo; al contrario, él da la vida a los muertos.

    Cuando se le come, da fuerzas, pero él no mengua. Por tanto, hermanos, no temamso comer pan por miedo a que se acabe y no encontremos después qué tomar. Comamos a Cristo; aunque comido, vive, puesto que habiendo muerto resucitó. Ni siquiera lo partimos en trozos cuando lo comemos. Así acontece, en efecto, en el sacramento.

    Los fieles saben cómo comen la carne de Cristo, cada uno recibe su parte, razón por la     que a esa gracia llamamos <partes>. Se le come en porciones, pero permanece todo entero; en el sacramento se le come en porciones, pero permanece íntegro en el cielo, íntegro en tu corazón. Íntegro estaba junto al Padre cuando vino a la Virgen; la llenó, pero sin apartarse de él… ¿En qué consiste comer a Cristo? No consiste sólo en comer su cuerpo en el sacramento, pues son muchos los que lo reciben indignamente. De ellos dice el Apóstol: <Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, come y bebe su condenación      (san Agustín en Sermón 132 A).

ACCIÓN.- Cantemos al Señor…
P. Imanol Larrínaga. OAR

lunes, 19 de junio de 2017

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Cuando se come a Cristo, se come la Vida
Jn 6, 51-59

¿Qué palabras habéis oído de boca del Señor invitándonos? ¿Quién invitó? ¿A quiénes invitó y qué preparó? Invitó el Señor a sus siervos, y les preparó como alimento a sí mismo. ¿Quién se atreverá a comer a su Señor? Con todo, dice: Quien me come vive por mí. Cuando se come a Cristo, se come la vida. Ni se le da muerte para comerlo, sino que él da la vida a los muertos. Cuando se le come da fuerzas, pero él no mengua. Por tanto, hermanos, no temamos comer este pan por miedo de que se acabe y no encontremos después qué tomar. Sea comido Cristo; comido vive, puesto que muerto resucitó.

Ni siquiera lo partimos en trozos cuando lo comemos. Y, ciertamente, así acontece en el sacramento; saben los fieles cómo comen la carne de Cristo: cada uno recibe su parte, razón por la que a esa gracia llamamos «partes». Se le come en porciones, y permanece todo entero; en el sacramento se le come en porciones, y permanece todo entero en el cielo, todo entero en tu corazón. En efecto, todo él estaba junto al Padre cuando vino a la Virgen; la llenó, pero sin apartarse de él. Venía a la carne, para que los hombres lo comieran, y, a la vez, permanecía íntegro junto al Padre, para alimentar a los ángeles. Para que lo sepáis, hermanos —los que ya lo sabéis, y quienes no lo sabéis debéis saberlo—, cuando Cristo se hizo hombre, el hombre comió el pan de los ángeles. ¿En base a qué, cómo, por qué camino, por mérito de quién, por qué dignidad iba a comer el hombre pan de los ángeles si el creador de los ángeles no se hubiera hecho hombre? Comámosle, pues, tranquilos; no se acaba lo que comemos; comámoslo para no acabar nosotros. ¿En qué consiste comer a Cristo? No consiste solamente en comer su cuerpo en el sacramento, pues muchos lo reciben indignamente, de los cuales dice el Apóstol: Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, come y bebe su condenación.

Pero ¿cómo ha de ser comido Cristo? Como él mismo lo indica: Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Así, pues, si él permanece en mí y yo en él, es entonces cuando me come y bebe; quien, en cambio, no permanece en mí ni yo en él, aunque reciba el sacramento, lo que consigue es un gran tormento. Lo que él dice: Quien permanece en mí, lo repite en otro lugar: Quien cumple mis mandamientos, permanece en mí y yo en él. Ved, pues, hermanos, que, si los fieles os separáis del cuerpo del Señor, hay que temer que muráis de hambre. El mismo dijo: Quien no come mi cuerpo ni bebe mi sangre, no tendrá en sí la vida. Si, pues, os separáis hasta el punto de no tomar el cuerpo y la sangre del Señor, es de temer que muráis; en cambio, si lo recibís y bebéis indignamente, es de temer que comáis y bebáis vuestra condenación. Os halláis en grandes estrecheces; vivid bien, y esas estrecheces se dilatarán. No os prometáis la vida si vivís mal; el hombre se engaña cuando se promete a sí mismo lo que no le promete Dios. Mal testigo, te prometes a ti mismo lo que la verdad te niega. ¿Dice la Verdad: «Si vivís mal, moriréis por siempre», y tú te dices: «Vivo ahora mal y viviré por siempre con Cristo»? ¿Cómo puede ser posible que mienta la Verdad y tú digas la verdad? Todo hombre es mentiroso. Así, pues, no podéis vivir bien si él no os ayuda, si él no os lo otorga, si él no os lo concede. Orad y comed de él. Orad y os libraréis de esas estrecheces. Él os llenará al obrar el bien y al vivir bien. Examinad vuestra conciencia. Vuestra boca se llenará con la alabanza y el gozo de Dios, y, una vez liberados de tan grandes estrecheces, le diréis: Libraste mis pasos bajo mí y no se han borrado mis huellas.
 S, 132 A.
 

domingo, 18 de junio de 2017

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    Muchos hombres que cruzan por la vida
para esculpir el hito de su historia,
piedra fría que no tiene memoria;
sólo al pasar se mira y ya se olvida.

    Tu vida, padre, es más dulce y dichosa;
has plantado en el mundo muchas flores:
toma el olor, contempla sus colores
que hoy te brindan con práctica amorosa.

    Con aguas de tu pozo se regaron
después que las plantaste con tus manos;
hicístelas crecer en aires sanos,
tuyas son en tu huerto se criaron.

    Jamás olvidarán al jardinero
y en cada abril han de brotar calladas,
aun siendo para estar allí postradas
hasta llevarte al gozo verdadero.

Jisanz


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La fiesta del Corpus comenzó a celebrarse en la Iglesia en el siglo XIII con el fin de que el pueblo valorara y apreciara la presencia de Jesús en la Eucaristía. Y desde entonces se ha celebrado ininterrumpidamente en la Iglesia.

En la eucaristía adoramos el cuerpo glorioso de Cristo. Es el cuerpo auténtico de la persona de Cristo, del Cristo que vive ahora a la derecha del Padre. No resulta fácil a los sentidos humanos entender cómo es y cómo vive este cuerpo glorioso. De todos modos, es suficiente que creamos que estamos adorando al mismo Cristo que vivió, murió y resucitó aquí en nuestra tierra, para redimirnos, para salvarnos y para enseñarnos el camino de ida hacia Dios nuestro Padre. Nuestra adoración ante el Santísimo debe estar llena de piedad y de agradecimiento.

Cuando comulgamos, recibimos el mismo Cuerpo del Señor. Recibimos al mismo Señor presente en la santa hostia. Son sus palabras: Tomad y comed, que este es mi cuerpo.  Se hace presente en un poco de pan. ¿Es posible? Sí. Por varias razones, entre otras: porque para Dios nada hay imposible; por amor, puesto que nos ama inmensamente y porque quiere estar con nosotros para que lo adoremos y nos alimentemos de Él.

Hay otra razón muy importante que la presenta el mismo Jesús en este párrafo del evangelio. Dice: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. No es un trozo de pan cualquiera. Es el pan vivo, que produce vida. No vida humana, sino vida nueva para siempre. Y reitera lo anterior al decir enseguida: Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre, no tenéis vida en vosotros. Quienes no comulgan, por la razón que sea, tienen o pueden tener una vida humana muy saludable, pero no la vida nueva o para siempre que nos trae el mismo Jesús. 

Quizás podríamos reaccionar como los judíos que oían sus palabras y se preguntaban: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Y Jesús insiste: El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Así como nos alimentamos todos los días para no enfermar y morir, y tener buena salud, así también quien se alimenta del Cuerpo de Cristo no morirá para siempre, se salvará. Además, dice: El que come mi carne…, tiene vida eterna. Es decir, vive ya aquí, inicialmente, la vida para siempre que en el cielo será definitiva.

Otro punto muy importante. Es éste: Al comulgar con Cristo comulgamos con los hermanos. La razón es muy fácil de entender: Según san Pablo, formamos todos un solo cuerpo con Cristo. Si estamos unidos a la cabeza, Cristo, estaremos unidos a todos los miembros del cuerpo. Comulgar con los hermanos es estar dispuestos a compartir con ellos todo lo que somos y lo que tenemos. Por eso, San Pablo se enfadó tanto con los cristianos de Corinto cuando le llegaron noticias de que se reunían para celebrar la cena del Señor y los más ricos no compartían su comida con los más pobres. Estáis profanando, les dijo, el cuerpo de Cristo. 

Comulgar con Cristo y con los hermanos es mucho más que comer y tragar la forma consagrada. La comunión no termina en el acto físico de comer el pan consagrado, sino que supone un deseo y un esfuerzo continuado de vivir en Cristo y por Cristo, que sea Él quien viva en mí y, por mí, en los hermanos. Esto debe hacernos pensar seriamente a nosotros si cuando celebramos hoy nuestras eucaristías, y no pensamos, ni remotamente, en compartir nuestros bienes con los más necesitados, estamos celebrando realmente la Eucaristía del Señor.

El gran signo del Amor de Dios para con nosotros es la Eucaristía. Él se quedó para siempre en el Pan y el Vino, que son su Cuerpo y su Sangre, sacramento de su entrega por amor, por cada uno de nosotros. De la misma manera se ha quedado el Señor también en los más pobres. 

En España. Por eso la fiesta de la Eucaristía es también la fiesta del amor a los pobres, la fiesta de Caritas. Hablar de Caritas hoy no es hablar solo de un grupo de voluntarios, sino que es hablar de algo que nos atañe a todos. Un cristiano no puede ser cristiano sin caridad. Una parroquia no puede ser parroquia de verdad sin amor entre las personas. Caritas somos todos, toda la parroquia, toda la Iglesia. Porque si uno dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano, a quien ve, miente.(1 Jn 4, 20).

Hablar de Caritas hoy es hablar de una comunidad cristiana que se da a los pobres, se entrega por ellos. Hablar de Caritas no es hablar de la ONG de la Iglesia, es hablar del corazón de la Iglesia. Y no podemos vivir sin corazón. Caritas es el AMOR DE DIOS con mayúsculas. La fiesta del Corpus nos invita a ser y sentirnos todos Caritas, a ser y vivir desde el amor en toda ocasión y momento. A dar y a darnos, como Jesús.
P. Teodoro Baztán Basterra. OAR-