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lunes, 20 de febrero de 2017

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Este salmo es breve, pero muy nombrado y conocido. ¡Ved cuan bueno y deleitoso es habitar unidos los hermanos! Es tan agradable este sonido, que aun los que ignoran el Salterio cantan este verso. Es tan dulce cuanto lo es la caridad, que hace habitar en unión a los hermanos. Esto, hermanos: ¡Cuán bueno y deleitable es habitar los hermanos en unión!, no necesita interpretación o explicación; pero lo que sigue encierra algo que debe aclararse a los que llaman. Sin embargo, para que a partir de este versillo conozcamos la total estructura de este salmo, consideremos una y otra vez este primer versillo, y veamos si se dijo de todos los cristianos: ¡Cuán bueno y deleitoso es habitar los hermanos en unión!, o haya algunos señalados y perfectos que habitan en unión; y, por tanto, no se refiera a todos esta bendición, sino a algunos especiales, desde quienes, sin embargo, alcance a los demás.

 Estas palabras del Salterio, este dulce sonido, esta grata melodía tanto en el cántico como en la comprensión, dio origen a los monasterios. Ante esta voz se animaron los hermanos que anhelaron habitar unidos. Este verso fue la trompeta para ellos. Sonó por todo el orbe de la tierra, y los que se hallaban separados fueron congregados. El clamor de Dios, el clamor del Espíritu Santo, el clamor profético, no se oía en la Judea, pero se oyó en todo el orbe de la tierra. Aquellos entre quienes se cantaba se taparon los oídos para no oír este sonido, pero los abrieron otros; aquellos de quienes se dijo: Le verán aquellos a los que no se habló de Él y le entenderán quienes no le oyeron (Is 52,15). Con todo, carísimos, si consideramos bien las cosas, primeramente recibió esta bendición la pared de la circuncisión. Pues ¿acaso perecieron todos los judíos? ¿De dónde procedían los apóstoles, hijos de los profetas, hijos de los sacudidos? (Sal 126,4) Hablo como a los que ya conocéis esto. ¿De dónde eran aquellos quinientos que vieron al Señor después de la resurrección, según conmemora el apóstol San Pablo? (1Co 15,6) ¿De dónde aquellos ciento veinte que se hallaban juntos en un solo lugar después de la resurrección del Señor y la subida al cielo, sobre los que, estando reunidos, vino, enviado desde el cielo, según fue prometido, el Espíritu Santo el día de Pentecostés? Todos eran de Judea y ellos fueron los primeros que habitaron en común, porque vendieron cuanto poseían y colocaron el precio de sus bienes a los pies de los apóstoles, según se lee en los Hechos Apostólicos: Y se distribuía a cada uno conforme cada uno lo necesitaba, y nadie tenía propiedad, sino que todas las cosas les eran comunes. ¿Qué significa en uno, o en unión, o unidos? Que tenían una sola alma y un solo corazón en Dios (Hch 1,2, 4). Luego ellos fueron los primeros que oyeron: ¡Ved cuan bueno y deleitoso es habitar los hermanos en unión! Fueron los primeros que lo oyeron. Pero no sólo lo oyeron ellos, no sólo llegó hasta ellos esta bendición y unidad de los hermanos, sino que este regocijo de caridad y ofrecimiento a Dios llegó a los posteriores. Se prometió algo a Dios, pues se dijo: Haced votos y cumplidlos al Señor, Dios vuestro (Sal 75,12). Sin embargo, mejor es no prometer que prometer y no cumplir (Si 5,4). Pero debe estar pronto el ánimo a prometer y cumplir, no acontezca que, al juzgarse incapaz de cumplir, sea perezoso para prometer. Y, efectivamente, nunca cumpliría si piensa que ha de cumplir por sus propias fuerzas.
En in ps.132, 1-2

domingo, 19 de febrero de 2017

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Seguimos leyendo y escuchando el sermón de la montaña de Jesús. Recordemos que él no ha venido a abolir la Ley de Moisés,  sino a perfeccionarla, a llenarla de espíritu, para que no se quede en la mera letra. Los fariseos y los escribas eran estrictos cumplidores de la letra de la ley. No tenían en cuenta su espíritu.

Jesús dice que la observancia de la ley, si falta el amor, no sirve, se queda en letra muerta. Recordemos el hecho de que los fariseos le echan en cara de que cura en sábado, cuando la ley lo prohibía. Y él les dice que el bien de la persona está por encima de la ley.

El domingo pasado se refería a cuatro casos concretos señalados por la ley: Homicidio, adulterio, divorcio y el juramento. Hoy nos habla del amor. De un amor como el de su Padre Dios para con nosotros. Es decir, un amor exigente, y por lo tanto, auténtico y firme.

Repito: La llamada a amar es exigente. Seguramente, muchos escuchaban con agrado la invitación de Jesús a vivir en una actitud abierta de amistad y generosidad hacia todos. Lo que menos se podían esperar era oírle hablar de amor a los enemigos.

Sólo un loco les podía decir con aquella convicción algo tan absurdo e impensable: «Amad a vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen, perdonad setenta veces siete... » ¿Sabe Jesús lo que está diciendo? ¿Es eso lo que quiere Dios? 

Los oyentes le escuchaban escandalizados. ¿Se olvida Jesús de que su pueblo vive sometido a Roma? ¿Ha olvidado los estragos cometidos por sus legiones? ¿No conoce la explotación de los campesinos de Galilea, indefensos ante los abusos de los poderosos terratenientes? ¿Cómo puede hablar de perdón a los enemigos, si todo les está invitando al odio y la venganza?

Me decía una persona creyente y muy practicante que no podía amar a uno, con nombre y apellidos propios, por el daño que estaba haciendo a muchos. Comprendo que es difícil, pero las palabras de Jesús dicen otra cosa. Una cosa es discrepar, criticar abiertamente lo que consideramos que está mal, rechazar ciertos planteamientos, y otra odiar a la persona.

Lo que caracteriza y distingue al seguidor de Jesús es el amor. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros. 

Jesús no nos habla arbitrariamente. Su invitación nace de su experiencia de Dios. El Padre de todos no es violento sino compasivo. No busca la venganza ni conoce el odio. Su amor es incondicional hacia todos: «El hace salir su sol sobre buenos y malos, manda la lluvia a justos e injustos». No discrimina a nadie. No ama sólo a quienes le son fieles. Su amor está abierto a todos. Él es amor.
Este Dios que no excluye a nadie de su amor nos invita a vivir como él. Esta es en síntesis la llamada de Jesús. "Pareceos a Dios. No seáis enemigos de nadie, ni siquiera de quienes son vuestros enemigos. Amadlos para que seáis dignos de vuestro Padre del cielo".

Jesús no está pensando en que los queramos con el afecto y el cariño que sentimos hacia nuestros seres más queridos. Amar al enemigo es, sencillamente, no vengarnos, no hacerle daño, no desearle el mal. Pensar, más bien, en lo que puede ser bueno para él. Tratarlo como quisiéramos que nos trataran a nosotros.

¿Es posible amar al enemigo? Jesús está invitando a sus seguidores a parecernos a Dios para ir haciendo desaparecer el odio y la enemistad entre sus hijos. Sólo quien vive tratando de identificarse con Jesús llega a amar a quienes le quieren mal.

Porque, dice el mismo Jesús: Si amáis únicamente a los que os aman o a los que os caen bien, eso no tiene ningún mérito. Eso lo hacen también los pecadores y los no cristianos. Y añade: Amad a vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen.

Atraídos por él, aprendemos a no alimentar el odio contra nadie, a superar el resentimiento, a hacer el bien a todos. Jesús nos invita a «rezar por los que nos persiguen», seguramente, para ir transformando poco a poco nuestro corazón. Amar a quien nos hace daño no es fácil, pero es lo que mejor nos identifica con aquel que murió rezando por quienes lo estaban crucificando: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen".   
 P. Teodoro Baztán Basterra.

sábado, 18 de febrero de 2017

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A ti, María, Virgen concebida sin pecado,
yo indigno, yo devoto
de tu manto, yo escándalo, yo roto,
te canto y rezo con mi lengua ardida.

Estrella de mi mar en la vencida,
borrasca ofrendo a Ti mi humilde exvoto;
un bergantín sin rumbo y sin piloto,
en tu ermita carmela guarecida.

Ave María, Gratia plena, suave
nido de Encarnación, pluma de vuelo,
rosa blanca entre angelitos sonrojos.

Reina del cielo, que te acoge y sale;
Sálvame, mírame, tu pequeñuelo
y - Madre mía, véante mis ojos.

Gerardo Diego


viernes, 17 de febrero de 2017

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¡Oh, qué  bueno , qué dulce
habitar  los hermanos todos juntos!

Como un ungüento fino en la cabeza,
  que  baja por la barba,
que baja por la barba de Aarón,
  hasta la orla de sus vestiduras.

Como el rocío  del Hermón que baja
  por las alturas de Sión;
allí  Yahvé la bendición dispensa,
  la vida para siempre.
Salmo 132

jueves, 16 de febrero de 2017

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"Espíritu Santo, yo sé que eres más grande y más bello que todos mis sentimientos y emociones, que no te puedo abarcar con mi sensibilidad herida.  Tú no eres como yo te siento a veces, porque eres incapaz de hacerme daño, de absorberme o de dominarme a la fuerza. Eres una infinita delicadeza. Espíritu Santo, a veces experimento mi pequeñez ante tanta grandeza, y escapo de ti como si pudieras hacerme daño.

 Perdona esas tonterías de mi corazón pequeño.  Olvido que tu poder es el que me hace fuerte, que me da la vida y me sostiene, y que todo viene de tu amor divino.  Dame la gracia de dejarte actuar, para que pueda gozar de tus delicias, para que pueda cantar de gozo en tu presencia.  Ven Espíritu Santo.  Amén."

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Un pensamiento diario de San Agustín de Hipona

"Toma nota de los errores"
Ya que somos seres humanos no podemos evitar los errores, incluso los de poca monta. Lo que importa en todo caso es no ignorarlos u olvidarlos, pues los ríos se hacen de pequeñas gotas de agua. Una pequeña falla en una barca, si no se nota y controla a tiempo, es suficiente para hundirla. Gota a gota el casco se anegará y la barca se hará cada vez más pesada hasta no poder navegar más.
(Sermones 58,9-10)

Oración - Señor, te entristeces por el mal, pero no sientes dolor.    (Confesiones 1,4)
P. José Luis Alonso Manzanedo

miércoles, 15 de febrero de 2017

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Por tanto, debemos reprender con amor; no con deseo de dañar, sino con afán de corregir. Si fuéramos así, cumpliríamos con exactitud lo que hoy se nos ha aconsejado: Si tu hermano pecare contra ti, corrígele a solas. ¿Por qué le corriges? ¿Porque te duele el que haya pecado contra ti? En ningún modo. Si lo haces por amor propio, nada haces. Si lo haces por amor hacia él, obras excelentemente. Considera en las mismas palabras por amor de quien debes hacerlo, si por el tuyo o por el de él. Si te escuchare, dijo, has ganado a tu hermano. Hazlo, pues, por él, para ganarlo a él. Si haciéndolo lo ganas, no haciéndolo se pierde. ¿Cuál es la razón por la que muchos hombres desprecian estos pecados y dicen: «Qué he hecho de grande; he pecado contra un hombre»? No los desprecies. Pecaste contra un hombre; ¿quieres saber que pecando contra un hombre pereciste? Si aquel contra quien pecaste te hubiese corregido a solas y lo hubieres escuchado, te habría ganado.
¿Qué quiere decir que te habría ganado, sino que hubieras perecido si no te hubiera ganado? Pues si no hubieses perecido, ¿cómo te hubiera ganado? Que nadie, pues, desprecie el pecado contra el hermano. Dice en cierto lugar el Apóstol: Así los que pecáis contra los hermanos y herís su débil conciencia pecáis contra Cristo, precisamente porque todos hemos sido hechos miembros de Cristo. ¿Cómo no vas a pecar contra Cristo si pecas contra un miembro de Cristo?

Nadie diga: «No pequé contra Dios, sino contra un hermano, contra un hombre; pecado leve o casi nulo». Quizá dices que es leve porque se cura rápidamente. Pecaste contra el hermano; repáralo y quedarás sano. Con rapidez cometiste la acción mortal y con rapidez también encontraste el remedio. 
¿Quién de nosotros, hermanos míos, va a esperar el reino de los cielos, diciendo el Evangelio: Quien llamare a su hermano «Necio» será reo del fuego de la gehenna? Pánico grande; pero advierte allí mismo el remedio: Si presentares tu ofrenda ante el altar y allí mismo te acordaras de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda ante el altar. No se ofende Dios porque tardas en presentar tu ofrenda; Dios te quiere a ti más que a tu ofrenda. Pues si te presentares con la ofrenda ante tu Dios con malos sentimientos hacia tu hermano, te responderá: «Perdido tú, ¿qué me has ofrecido?»

Presentas tu ofrenda y no eres tú mismo ofrenda para Dios. Cristo busca más a quien redimió con su sangre que lo que tú hallaste en tu hórreo. Por tanto, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete a reconciliarte antes con tu hermano, y cuando vengas presenta la ofrenda. Mira cuán pronto se desató aquel reato de la gehenna. Antes de reconciliarte, eras reo de la gehenna; una vez reconciliado, presentas confiado tu ofrenda ante el altar.

San Agustín, Sermón 82, 4-5

martes, 14 de febrero de 2017

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Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Según la tradición, Dios mismo la había regalado a su pueblo. Era lo mejor que habían recibido de él. En esa Ley se encierra la voluntad del único Dios verdadero. Ahí pueden encontrar todo lo que necesitan para ser fieles a Dios.

También para Jesús la Ley es importante, pero ya no ocupa el lugar central. Él vive y comunica otra experiencia: está llegando el reino de Dios; el Padre está buscando abrirse camino entre nosotros para hacer un mundo más humano. No basta quedarnos con cumplir la Ley de Moisés. Es necesario abrirnos al Padre y colaborar con él en hacer una vida más justa y fraterna.

Por eso, según Jesús, no basta cumplir la ley que ordena “No matarás”. Es necesario, además, arrancar de nuestra vida la agresividad, el desprecio al otro, los insultos o las venganzas. Aquel que no mata, cumple la ley, pero si no se libera de la violencia, en su corazón no reina todavía ese Dios que busca construir con nosotros una vida más humana.

Según algunos observadores, se está extendiendo en la sociedad actual un lenguaje que refleja el crecimiento de la agresividad. Cada vez son más frecuentes los insultos ofensivos proferidos solo para humillar, despreciar y herir. Palabras nacidas del rechazo, el resentimiento, el odio o la venganza.

Por otra parte, las conversaciones están a menudo tejidas de palabras injustas que reparten condenas y siembran sospechas. Palabras dichas sin amor y sin respeto, que envenenan la convivencia y hacen daño. Palabras nacidas casi siempre de la irritación, la mezquindad o la bajeza.

No es este un hecho que se da solo en la convivencia social. Es también un grave problema en la Iglesia actual. El Papa Francisco sufre al ver divisiones, conflictos y enfrentamientos de “cristianos en guerra contra otros cristianos”. Es un estado de cosas tan contrario al Evangelio que ha sentido la necesidad de dirigirnos una llamada urgente: “No a la guerra entre nosotros”.

Así habla el Papa: “Me duele comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aún entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?”. El Papa quiere trabajar por una Iglesia en la que “todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis”.


ORACION DE ACCION DE GRACIAS
      Gracias, Señor, porque me has inscrito la ley en el corazón, porque tus mandamientos son dulces y sencillos, sin legalismos ni letra pequeña.
      Gracias porque tu ley es exigente y no permite que me quede satisfecho y orgulloso de ser justo ante ti.
      Siempre queda un paso por dar, un vicio que corregir, una incoherencia a enmendar, un egoísmo que dominar.
      Gracias porque la ley  en el corazón hace que  nunca me quede perdido.
     Sí, la vida a menudo es complicada  y a veces me siento perplejo, pero si miro dentro de mí y me pregunto qué esperas de mí, siempre brota lo mejor de mí mismo, que es lo que tú has puesto.
       Gracias porque, a pesar de tropiezos y caídas, tu Espíritu de amor, de vida y perdón siempre me da fuerza para seguir, en la esperanza de participar un día de tu Reino. Amén.               
P. Julián Montenegro Sáenz.